Debate del Libre Albedrío: Perspectivas de Sapolsky

Vivimos en una era donde la autocrítica y la preocupación por aspectos fuera de nuestro control son moneda corriente. En este contexto, la teoría que desestima la existencia del libre albedrío podría resultar alentadora para muchos.

Esta idea, que puede resultar incluso liberadora, es defendida por el neurobiólogo norteamericano Robert Sapolsky, quien considera al libre albedrío como una mera ilusión.

Sapolsky, quien se distingue por su enfoque científico, se posiciona en un grupo selecto de pensadores que comparten esta perspectiva.

“Es uno de los científicos más respetados de nuestros tiempos”, afirma la reconocida revista New Scientist.

Durante más de treinta años, Sapolsky dedicó una porción de su tiempo a estudiar babuinos en libertad en Kenia, lo que le permitió identificar intrincadas interacciones sociales. Sus estudios han arrojado luz sobre comportamientos humanos y el efecto del estrés en nuestra salud.

Es el autor de obras como “Compórtate. La biología detrás de lo mejor y lo peor de nosotros” y “Determinado. La vida sin libre albedrío”. En este último, propone que:

“Cada pensamiento, acción y sensación es el resultado de una secuencia de causas biológicas y ambientales que se remonta al surgimiento de nuestra especie e incluso más atrás. Dentro de esta cadena infinita, no existe un espacio para el libre albedrío”.

El profesor de Biología y Neurología de la Universidad de Stanford compartió sus ideas sobre este tema en una entrevista via videollamada con BBC Mundo.

La conversación inició con una pregunta fundamental: ¿Qué entendemos realmente por libre albedrío?

“El mejor punto de partida es reconocer dónde la mayoría se equivoca sobre el libre albedrío”, comenzó a explicar.

“Se trata de una situación en la cual hacemos una elección. A diario tomamos decisiones, como qué comer”.

“Somos conscientes, tenemos un propósito y actuamos en base a ello. Conocemos las posibles consecuencias, somos conscientes de que podemos elegir no hacerlo, que existen alternativas. Para la mayoría, esto se traduce intuitivamente en libre albedrío.

“En Estados Unidos, el sistema legal se fundamenta en si la persona tenía la intención [de actuar de cierta manera] y si, a pesar de ello, podría haber elegido otra opción. Esto suele ser suficiente para dictaminar un veredicto.

“Sin embargo, desde mi punto de vista, esto no tiene relación alguna con el libre albedrío. Centrarse únicamente en esto es como formarse una opinión sobre un libro leyendo solo la última página. La cuestión es: tienes una intención consciente y decides actuar de acuerdo a ella.

“Pero, ¿cómo llegaste a ser quien eres, al punto de tener esa intención? ¿Cómo ocurrió eso? Ahí es donde el concepto de libre albedrío se desvanece”.

Para tratar de entender un comportamiento podemos intentar retroceder unos segundos y ver qué activó a un grupo de neuronas, pero también podemos retroceder un mes, años, décadas en busca de una explicación, dice el experto.

La Ilusión del Libre Albedrío en los Logros Personales

Robert Sapolsky destaca cómo, en el contexto de los grandes logros, las personas suelen atribuir un papel significativo al libre albedrío, movidos por sus emociones e intuiciones.

Consideran inspirador el caso de individuos que, a pesar de carecer de ciertos talentos, logran destacarse gracias a su esfuerzo y autodisciplina. La historia de alguien que opta por el estudio en lugar de la diversión, por ejemplo, es vista como un claro ejemplo de libre albedrío aplicado a la perseverancia y la tenacidad.

De manera análoga, se critica a aquellos con talentos innatos que, según la percepción popular, los “desperdician”.

“En estos casos, la gente tiende a golpearse contra un muro imaginario, convencidos de que ahí reside el libre albedrío, cuando en realidad, no está presente. Personalmente, dudo de su existencia en cualquier contexto”.

La Perspectiva del Determinismo

Al proponer la entrevista a mis editores, creía haber actuado bajo mi propio libre albedrío. No obstante, la lectura del libro de Sapolsky me llevó a cuestionar esta decisión.

Según Sapolsky, nuestras acciones están determinadas por una cadena de eventos anteriores, lo que él define como determinismo.

“Veo cada momento como el resultado de lo ocurrido previamente. En este mundo, nada sucede sin una causa previa”.

Sin embargo, menciona una posible excepción en la mecánica cuántica, donde las partículas subatómicas no se rigen estrictamente por el determinismo. A pesar de esto, Sapolsky argumenta que la mecánica cuántica no influye en las grandes decisiones de la vida, como ser la Madre Teresa o Vladimir Putin. En esencia, todo suceso está ligado a un antecedente inmediato, moldeando quiénes somos.

Un Enfoque Ético sin Libre Albedrío

Desde su adolescencia, Sapolsky rechaza la noción del libre albedrío, lo cual ha moldeado su perspectiva ética hacia la humanidad.

“Renunciar a la creencia en el libre albedrío me ha llevado a adoptar una postura moral donde no juzgo a las personas, no asumo que nadie merezca algo por encima de los demás, y me mantiene alejado del odio o la creencia en privilegios indebidos”, explica.

Indaga sobre esta idea, a lo que Sapolsky responde: “Si realmente comprendemos que no existe el libre albedrío, que somos el resultado de nuestra biología y entorno, entonces los conceptos de culpa y castigo pierden sentido, a menos que se consideren desde una perspectiva puramente instrumental”.

El Debate sobre el Libre Albedrío y las Respuestas Involuntarias

Robert Sapolsky ilustra su argumento con el ejemplo de la aplysia, un caracol marino frecuentemente estudiado en neurociencia. Se observa que una acción como golpear su cabeza desencadena una reacción automática.

“Este acto se realiza para comprender su comportamiento, no porque se le atribuya maldad”, aclara.

Del mismo modo, considera que el elogio y las recompensas carecen de valor intrínseco. “Pueden ser útiles como herramientas, pero no son virtudes por sí mismas.

Si esto es cierto, nadie merece que sus necesidades sean priorizadas sobre las de los demás. Odiar a alguien sería tan absurdo como odiar a un virus. Nada de esto tiene lógica.

Es necesario cuestionar nuestra educación, que nos hace aceptar que algunas personas sean tratadas mucho mejor o peor que otras por circunstancias fuera de su control. Lo preocupante es que esto nos parece normal la mayor parte del tiempo”.

La Pregunta Fundamental en la Discusión del Libre Albedrío

Para Sapolsky, una pregunta esencial en el debate sobre el libre albedrío es: ¿cuál es el origen de nuestras intenciones?

Ignorar esta cuestión es como pensar que se puede juzgar una película viendo solo los últimos tres minutos.

Para ilustrar la importancia de esta pregunta, toma un bolígrafo y señala que este gesto es consciente y lleno de intención.

“Es abrumador intentar rastrear todos los factores que me llevaron a este momento. Es complicado”.

“La sensación de querer hacer algo es tan intensa que nos resulta inconcebible no poder tener esa intención simplemente porque lo deseamos”.

En otras palabras, nuestro deseo de actuar es tan fuerte que no consideramos la posibilidad de que no podamos elegir nuestros deseos.

Considera el caso de una persona que comete un crimen tras haber sufrido un accidente que afectó gravemente su corteza frontal, crucial para gestionar las emociones.

“¿Qué hizo que esta persona se convirtiera en quien es? Un evento, como el accidente, puede tener un impacto catastrófico”.

“Pero mirémonos a nosotros mismos. Imagina innumerables hilos invisibles que te han llevado a este punto y te han moldeado”.

En casos como el del criminal o la estatura de un jugador de baloncesto, se identifican “causas únicas” fáciles de entender.

El desafío surge al considerar la “causalidad distribuida”.

“Cuando hablamos de quiénes somos, generalmente estamos influenciados por millones de estos hilos sutiles.

Este entramado es tan determinante como sufrir un daño cerebral en un accidente”.

La Complejidad de una Neurona en el Debate del Libre Albedrío

En su obra, Sapolsky nos reta a presentar “una neurona (o un cerebro) cuyo comportamiento sea independiente de su historial biológico acumulado”.

Antes de profundizar en su argumento, aclara cómo cada neurona opera en un contexto determinado por miles de otras neuronas que la rodean.

“No actúa en solitario. Está interconectada con hasta 50.000 otras neuronas, formando parte de un entramado complejo. Su función se ve influenciada por múltiples factores cotidianos como el estado de alimentación o descanso”.

Por ejemplo, la claridad mental disminuye cuando estamos fatigados, lo cual se relaciona con el adenosín trifosfato (ATP), esencial para la energía celular.

“Si has tenido una mala noche o has saltado comidas, tus células presentarán niveles reducidos de ATP. Investigaciones de mi laboratorio han evidenciado cómo el estrés nocturno puede disminuir la acumulación de ATP cerebral”.

Además de las neuronas, Sapolsky pone el foco en las hormonas: “¿Cómo se encontraban tus niveles hormonales hoy?”. Las variaciones hormonales pueden alterar nuestra disposición a asumir riesgos o nuestra sensibilidad a estímulos externos, influenciando incluso la expresión genética y, por ende, nuestras decisiones.

Interrogantes sobre la Autonomía Neuronal

Retomando la neurona inicial, Sapolsky cuestiona su autonomía: “Demuéstrame que esa neurona actuaría igual independientemente de los niveles hormonales”.

Considera también el impacto de experiencias pasadas, como traumas o enamoramientos, en la arquitectura cerebral.

Nos invita a retroceder aún más, a nuestra adolescencia, infancia y gestación, argumentando que nuestra configuración neuronal es resultado de nuestra herencia genética.

Además, plantea la influencia del legado ancestral: “¿Eran tus antepasados pastores o agricultores? ¿Habitaban en la selva o en el desierto?”. Estos factores histórico-culturales moldean generacionalmente el cerebro para perpetuar valores culturales específicos.

Frente a este panorama, lanza un desafío: “Intenta alterar todo eso. Si la neurona actúa igual, estaríamos ante un caso de libre albedrío”.

“Demuestra que tu cerebro puede generar un comportamiento ajeno a todas estas influencias y estarás probando la existencia del libre albedrío. Pero eso es imposible”.

Para Sapolsky, el avance científico del siglo XXI ha revelado la trascendencia de factores genéticos, hormonales y ambientales en la conformación de nuestra identidad.

“La responsabilidad de probar la existencia del libre albedrío recae en quienes lo defienden”, sostiene.

“No es mi deber demostrar su inexistencia… Muéstrame hormonas actuando de forma contraria a su naturaleza o cambia tu secuencia de ADN. Realiza eso y entonces podremos debatir sobre el libre albedrío”.

Perspectivas sobre el Libre Albedrío: Un Debate Dividido

Al conversar sobre la inexistencia del libre albedrío, surge la pregunta de si esta concepción conduce a un pesimismo inherente. ¿Cuál sería la finalidad de esforzarnos por elegir sabiamente si, como se menciona en su texto, somos simplemente el resultado de factores que escapan a nuestro control, como la biología y el ambiente?

Frente a esta inquietud, Sapolsky admite que la idea puede parecer desalentadora, aunque él no es el más indicado para valorarla, dado que se considera afortunado por cómo han resultado las cosas en su vida, a pesar de las circunstancias no controladas.

Subraya que el azar en el desarrollo, como el de la corteza frontal, no debería ser motivo de autocrítica. “Para muchos, este enfoque debería ser una revelación positiva, especialmente en una sociedad obsesionada con la autoculpabilización por aspectos fuera de nuestro alcance”.

De hecho, propone que aceptar nuestra falta de control absoluto sobre nuestro destino puede ser una perspectiva “liberadora y profundamente humana”.

Diversidad de Opiniones y Críticas

A lo largo de la historia, el libre albedrío ha sido tanto defendido como cuestionado. La publicación de Sapolsky no ha sido la excepción, provocando un amplio espectro de reacciones.

Adam Piovarchy, de la Universidad de Notre Dame, cuestiona en The Conversation las conclusiones de Sapolsky, argumentando que este simplifica el debate al reducirlo a un asunto meramente científico, omitiendo las dimensiones metafísicas y morales que han sido objeto de estudio filosófico desde tiempos remotos.

Por su parte, John Martin Fischer, filósofo especializado en libre albedrío y docente en la Universidad de California, critica la visión del neurocientífico por intentar desmantelar nuestras creencias sobre la libertad, la responsabilidad moral y nuestro papel como agentes activos en la vida. Desde la filosofía, la cuestión del libre albedrío adquiere otra dimensión, no reducible exclusivamente al ámbito científico.

Sin embargo, Sapolsky mantiene su postura: “En esencia, solo la ciencia puede aportar luz sobre este tema”, argumentando que es la herramienta que nos permite comprender las raíces de nuestra identidad y comportamiento.

Reevaluando el Libre Albedrío: Una Perspectiva Ética

Oliver Burkeman destaca en su crítica publicada en The Guardian cómo la obra de Sapolsky ilumina un camino ético, a pesar de cuestionar la existencia del libre albedrío. Según Burkeman, este enfoque no nos arrastra hacia la inmoralidad o desesperación.

Al profundizar en cómo deberíamos navegar la vida sin libre albedrío, la “visión humanista de Sapolsky toma el centro del escenario”.

“Existe una preocupación de que aceptar nuestra falta de autonomía nos transforme en seres éticamente desviados. Sin embargo, Sapolsky defiende con pasión que esto debería impulsarnos hacia una mayor empatía y perdón, cuestionando ‘la lógica de resentir a alguien por sus acciones'”.

Implicaciones Sociales y Reflexiones

Keiran Southern, en su artículo para The Times, sugiere que las propuestas de Sapolsky, de ser ampliamente aceptadas, podrían provocar transformaciones significativas en la sociedad, especialmente en el ámbito de la justicia penal.

Aunque el objetivo de Sapolsky pueda ser convencernos de la inexistencia del libre albedrío, su trabajo nos invita, en el peor de los casos, a considerar que quizás tengamos menos autonomía de la que creemos.

“Sapolsky nos recuerda que hay suficiente evidencia para reconocer que las personas menos privilegiadas que nosotros no merecen, por defecto, ser marginadas”.